Cognición social tras un daño cerebral: 5 claves esenciales

«Antes se daba cuenta enseguida de cuándo estaba cansada; ahora sigue hablando como si nada». Frases así son habituales en consulta tras un ictus o un traumatismo craneoencefálico (TCE). Muchas veces lo que ha cambiado es la cognición social: el conjunto de capacidades que nos permiten percibir, interpretar y responder a la información que nos dan los demás. Cuando se altera, las relaciones se resienten aunque la memoria o el lenguaje parezcan conservados.

En este artículo explicamos qué es la cognición social, cómo se manifiesta en el día a día después de un daño cerebral, qué dice la investigación reciente y qué pautas prácticas pueden ayudar a la persona y a su entorno.

Qué es la cognición social

Bajo el término cognición social se agrupan varias funciones distintas. Una revisión de alcance sobre daño cerebral adquirido identificó los cinco dominios que más se evalúan: la percepción de emociones (reconocer en una cara si alguien está triste, enfadado o asustado), la teoría de la mente (inferir lo que otra persona piensa, sabe o pretende), la comunicación social, el reconocimiento de identidad (caras) y la empatía (Wallis et al., 2021).

Dentro de la teoría de la mente suele distinguirse una vertiente cognitiva, que tiene que ver con lo que el otro piensa o sabe, y otra afectiva, que tiene que ver con lo que siente. Son procesos que usamos constantemente y de forma automática: captar una ironía, notar que nuestro interlocutor tiene prisa o darnos cuenta de que un comentario ha sentado mal.

Cómo se nota la alteración de la cognición social en el día a día

Cognición social tras un daño cerebral: emociones, teoría de la mente, empatía y comunicación

Las dificultades de cognición social no suelen presentarse como un síntoma aislado, sino como un cambio en la forma de relacionarse. Algunas situaciones frecuentes:

  • No detectar el cansancio, la tristeza o el enfado de un familiar y seguir con la conversación como si nada.
  • Tomar al pie de la letra una ironía, una broma o un doble sentido.
  • Hacer comentarios fuera de lugar sin percibir la incomodidad de los demás.
  • Monopolizar la conversación o no respetar los turnos de palabra.
  • Parecer frío o distante con personas a las que antes mostraba afecto.

Para la familia es importante entender que, en muchos casos, no se trata de mala educación ni de falta de cariño: la persona no está captando las señales sociales que antes procesaba sin esfuerzo. Estas dificultades se solapan a menudo con los cambios de personalidad tras un daño cerebral y con las alteraciones conductuales tras un daño cerebral: apatía, agresividad, desinhibición y ansiedad. Además, es frecuente que la propia persona no sea consciente del cambio, por lo que la información de un familiar o allegado resulta muy valiosa.

Qué dice la investigación sobre la cognición social tras un ictus o un TCE

La revisión de alcance de Wallis et al. (2021, Neuropsychological Rehabilitation) reunió 367 artículos con 10.930 personas con daño cerebral adquirido. Además de describir los cinco dominios, concluye que la cognición social contribuye a los cambios en el pronóstico funcional y que existen medidas bien validadas que, sin embargo, se usan poco en la práctica clínica, donde predominan las valoraciones no estandarizadas.

En el TCE, el metaanálisis de Lin et al. (2021, Neuroscience & Biobehavioral Reviews), con 28 estudios, 1.031 adultos con TCE y 865 controles, encontró una alteración de la teoría de la mente de magnitud grande (g = −1,13), presente en distintos tipos de tareas. Cuanto más grave era la lesión según la Escala de Coma de Glasgow, peor era el rendimiento. Los autores proponen que la teoría de la mente podría ayudar a predecir el pronóstico funcional, aunque esto es una hipótesis y no un resultado del propio metaanálisis.

Tras un ictus, un estudio brasileño en fase subaguda (de Souza et al., 2021, Dementia & Neuropsychologia) observó que el reconocimiento facial de emociones puede alterarse y se relaciona con síntomas emocionales: reconocer la tristeza se asoció a más ansiedad y depresión, y reconocer el miedo, a menos depresión. Es un estudio muy pequeño (18 pacientes y 21 controles), por lo que sirve sobre todo para recordar que la cognición social y el estado de ánimo conviene valorarlos juntos.

Sobre la rehabilitación de la cognición social, la revisión sistemática de Rodríguez-Rajo et al. (2022, Neurología), del Institut Guttmann, incluyó 10 estudios sobre TCE y valoró la calidad metodológica como adecuada y el nivel de evidencia como aceptable. Recuerda que estas dificultades deterioran las relaciones familiares, laborales y comunitarias. Hay que tener en cuenta que su búsqueda llega a 2018 y que casi todos los estudios eran de fase crónica.

La revisión de Bozkurt et al. (2023, Neuroscience & Biobehavioral Reviews) señala que los problemas de conducta social son una consecuencia frecuente e incapacitante del TCE y del ictus. El enriquecimiento del entorno da resultados prometedores en modelos animales, pero en clínica la evidencia de alta calidad es todavía escasa. Por su parte, el ensayo piloto de Howell et al. (2021, Neuropsychological Rehabilitation), con solo 12 personas con daño cerebral grave, encontró que un grupo de conversación guiado por un compañero formado mejoró la participación en la conversación frente al grupo habitual. Son datos preliminares.

Cómo se evalúa y se trabaja la cognición social

La impresión clínica no basta. La evaluación neuropsicológica puede incluir pruebas estandarizadas de reconocimiento de emociones (como las fotografías de Ekman y Friesen), de teoría de la mente (como el Faux Pas Recognition Test), cuestionarios de comunicación para la familia (La Trobe Communication Questionnaire) o de empatía (Interpersonal Reactivity Index), que son algunas de las medidas más utilizadas según Wallis et al. Contrastar lo que dice la persona con lo que observa su entorno ayuda a dimensionar el problema.

En la intervención, lo que se entrena en una tarea de reconocimiento de emociones no siempre se traslada a la vida diaria. Por eso, como criterio clínico, conviene combinar el trabajo estructurado con la práctica en situaciones reales, implicar a la familia como interlocutora y trabajar en paralelo las funciones ejecutivas: el control de impulsos, la flexibilidad y la capacidad de ponerse en el lugar del otro están muy relacionados. Cada caso requiere objetivos individualizados y resultados que deben interpretarse de forma individualizada.

5 claves esenciales sobre la cognición social tras un daño cerebral

  1. Nombrar el problema. Explicar a la familia qué es la cognición social reduce la culpa y los malentendidos: no es desinterés, es una secuela.
  2. Preguntar a un informante. La persona puede no percibir sus dificultades; la visión de quien convive con ella completa la valoración.
  3. Hablar claro. Expresar las emociones con palabras («estoy cansada, lo dejamos para mañana») funciona mejor que esperar a que se capten por el gesto o el tono.
  4. Practicar en contexto. Las fichas y las tareas estructuradas son un punto de partida; el objetivo es llevar lo aprendido a conversaciones y situaciones cotidianas.
  5. Vigilar el estado de ánimo. Ansiedad, depresión y dificultades sociales van a menudo de la mano y conviene abordarlas a la vez.

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